04 agosto 2008

a 24 años de su muerte






¡cómo nos hace falta Valente!

Valente Arellano Salum.

“Todos los días hay algo que me recuerda a él, no sólo en la cuestión taurina, sino en lo humano; el dolor de perder a un hijo es muy grande, en mi caso se agrava por lo que hizo y lo que pudo llegar a ser”:

Valente Arellano Flores.

Wikipedia

Valente Arellano Salum (Torreón, Coahuila, 30 de agosto de 1964 - 4 de agosto de 1984) fue un torero mexicano.

Su debut fue en la Monumental Plaza de Toros México, Distrito Federal, el 29 de septiembre de 1982, cortando dos orejas. Su alternativa la tuvo el 4 de junio de 1984, en la Monumental de Monterrey, de manos de Eloy Cavazos, en presencia de Fermín Espinosa "Armillita Chico", actuación donde cortó una oreja.

Un accidente de circulación le costaría la vida el 4 de agosto de 1984, mientras conducía su motocicleta, su verdadera pasión, a toda velocidad en una calle de los suburbios de su natal Torreón, en vísperas de una presentación que tendría lugar en un festival taurino en la Ciudad de Gómez Palacio, Durango, México.

Ha quedado instituido en su ciudad natal el trofeo Valente Arellano para el mejor novillero del año.

Crónica del accidente

Los minutos transcurrían con tranquilidad, cerca de la medianoche del 4 de agosto de 1984, en las calles de Torreón, Coahuila. De pronto, en la oscuridad, apareció un chorro de luz zigzagueante y se escuchó un chirriante derrape de neumáticos, seguido de un impacto seco y de estrépito. Una Harley Davidson 150 se estrelló con gran velocidad, primero en la guarnición de la calle, después en la pared del caserío. Brutal accidente. La hermosa motocicleta, dotada de lo más sofisticado en el ramo, quedó con motor ahogado, y a unos metros, quedó, aún con vida, el cuerpo de su piloto.

Se escuchaban los quejidos del infortunado, quien vestía playera deportiva, tenis y pantalón de mezclilla. Ese joven, se supo de inmediato, era Valente Arellano Salum, matador de toros y todo un orgullo lagunero. Estaba resquebrajado, fracturas múltiples en todo el cuerpo, y horas después, el 5 de agosto, dejó de existir. Se había ensañado despiadadamente el destino.

Se apagó raudo este prospecto al que se le consideraba una real promesa para convertirse en un diestro que hiciera época. No alcanzó el tiempo para conseguir el pináculo en la profesión y cumplir con el deseo que fue obsesión permanente en su interior: ser figura del toreo, el mejor de todos, lo manifestaba sin ambages.

Dueño de gran carisma

Desde pequeño mostró ser un mal estudiante, le "hacía asco" a la escuela, no así, a todo aquello con aroma a fiesta brava y a su símbolo, el toro.

Su padre, Valente Arellano Flores, un taurino recalcitrante, torero práctico, invadido de una gran afición, contaba con una biblioteca de gran nivel. Valente hijo devoraba esos escritos de los maestros revisteros de principios del siglo XX.

Su padre, quien por su actividad de enología, entabló amistad con don Fermín Espinosa Armillita, por ser el maestro vinicultor, dio pábulo a que el chamaco se empapara en el medio taurino.

Cuenta la leyenda que don Fermín y don Valente tuvieron conexión por cuatro novillos, ya cuajados, que adquirió el padre del personaje de esta historia para matarlos en solitario.

Cuando fueron embarcados en el rancho Chichimeco, en Aguascalientes, los dominios de la casa torera de los Armillita, a don Fermín le picó la curiosidad de conocer a ese "valiente". Y mucho le sirvió a Valente hijo ir a la hacienda con cierta constancia, observar tientas, torear vacas y escuchar con atención las indicaciones que a los toreros les impartía el maestro Armillita.

Al mismo tiempo, Valente Arellano tuvo la oportunidad de contactar con Fermín y Miguel Espinosa, con Manolo Arruza, con David y Alejandro Silveti, que ya despuntaban en el medio.

Por tanto, muy niño, un crío como se dice en el medio, debutó Valente en la plaza de Ciudad Lerdo, en la misma comarca lagunera. Lo hizo alternando ya con un novillero cuajado como era Alfonso Hernández El Algabeño y matando un lote fuerte, bien armado del hierro de Santacilia , de los señores Obregón.

Suceso que se produjo el 21 de octubre de 1979. Cortó una oreja, proeza importante, pero todos coincidieron que lo realmente trascendente era el impacto que causó y esa recia personalidad que destelló.

En los calendarios siguientes, 1981 y 1982, realizó una campaña importante en provincia. Incluso, se presentó en la plaza "La Florecita" de Ciudad Satélite. Igualmente unificó el criterio de la prensa y de los aficionados.

Arma la grande en la México

Los triunfos, que sumaba en provincia, de inmediato alcanzaron fama. Se hablaba con interés. La verdad es que provocó toda una tolvanera. Penetró en el ánimo de la gente y el chaval daba otro cariz a la fiesta. Propició que hubiera competencia en el primer tercio, o sea en los quites. Pero además, era un banderillero brillante, dentro de su capacidad, en su nivel de ese momento de su carrera, se proyectaba con la muleta y se iba tras la espada.

Cinco actuaciones como novillero en la Plaza México. Esa campaña de 1982 fue el elemento más distinguido y escribió folios importantes, junto con Manolo Mejía, torero técnico ciento por ciento, muy a la Manolo Martínez, su amigo y protector, y Ernesto Belmont, quien se convertía en un alternante difícil, pues iba a todas e intentaba todo y bien.

Valente debutó en el gran embudo capitalino, el 26 de septiembre, alternando con Eduardo Flores y Manolo Rodríguez. Le cortó dos orejas al novillo Campeador de Rodrigo Tapia.

Repitió con interés, lo que se reflejó en la asistencia, el 24 de octubre, con Manolo Mejía y Luis Fernando Sánchez. Novillos de Huichapan . Le correspondió un astado con mucha cara y pitones de nombre Fandango.

Las dos siguientes apariciones en la misma campaña fueron de convencimiento. El 7 de noviembre, alternando con Mejía y Belmont, se formó la que no estaba escrita. Los tres cortaron orejas, Valente, el rabo al novillo Pelotero, de Felipe González. Coincidencia: existe otro Pelotero, de San Martín, al que inmortalizó en el mismo escenario José Antonio Ramírez El Capitán.

Valente con desparpajo invitó a sus compañeros a que hicieran quites a ese novillo tlaxcalteca. La gente que suspiraba por algo así, estalló de entusiasmo.

Para cerrar el año, el 28 de noviembre, se repitió el cartel con Mejía y Belmont. Valente los superó, le cortó dos orejas a Mírame y otras dos a Chavelo, del hierro de La Venta del Refugio .

El año fatídico

Todo lo relevante que fue para Valente el 82, resultó de mal fario, el 83. En la México, actuó por quinta vez, el 13 de marzo, alternando con Rafael Martín y Ernesto Belmont, reses de Los Martínez . Escuchó un aviso en cada uno de sus enemigos.

Para colmo, empezaron los percances y sobre todo las fracturas que tanto daño hacen. El 4 de septiembre en San Luis Potosí, un novillo lo alcanzó, sufriendo rotura de ligamentos de la rodilla. De inmediato, en un avión del rejoneador Jorge Hernández Andrés, se le trasladó a El Paso, Texas. De todos modos hubo un receso y una inactividad inoportuna.

Su juventud, su fortaleza, hombre deportista, sanó rápido. Pero en diciembre vino otro grave percance. En la plaza de Pachuca: fractura del acromio clavicular izquierdo.

A medio año de 1984, el día 4 de junio, tomó la alternativa en Monterrey de manos de Eloy Cavazos y Miguel Espinosa Armillita de testigo, toros de San Miguel de Mimiahuapan. Cortó una oreja.

Le faltó tiempo, sólo toreó nueve corridas. Empezaba a tomar nuevamente el ritmo en el nivel de matador de toros.

Nada disfrutaba más, como el torear, que correr ¿o acaso volar? en su moto. En esa Harley Davidson 150, el estrés del toro era constante, se relajaba con la velocidad. Sí, sus pasiones arraigadas, el toro y su fina y hermosa jaca mecánica.

Una de ellas, lo que parece ilógico, fue el arma válgase la expresión que le cortó la existencia.

El astado lo respetó y su epílogo no fue sucumbir en la arena de un ruedo en la profesión que empezaba a caminar, que hubiese sido lo normal. Perdió la vida corriendo, lo mató la velocidad que imprimió a su moto en una calle de la ciudad de Torreón, en una noche de apacible calma.

Al día siguiente, 5 de agosto, se quedó anunciado en la Plaza de Monterrey.


Nota publicada en el ESTO el 4 de agosto de 2006

Aún se suspira por Valente

A 22 años de su trágica muerte

Horacio Soto Castro

"Me duele... me duele... no me quiero morir..." recuerda con tristeza Adolfo Guzmán, quien fuera el apoderado de Valente Arellano, durante una visita que hizo a esta casa.

Dijo que esas fueron las palabras que le dijo el matador lagunero cuando lo depositaban en la cama del hospital.

Adolfo y Valente Arellano padre estaban en el hotel de Torreón, pues al día siguiente iban a torear un festival en Gómez Palacio, los dos Valentes, padre e hijo, Adolfo y Alfonso Ramírez "Calesero", con ganado de Peñolito.

Adolfo le preguntó a Valente padre que dónde estaba el matador; cuando sonó el teléfono avisándoles que había tenido un accidente. Que finalmente fue el último de su vida.

Adolfo lo apoderó desde siempre, por cinco años, y cuando tenía 20 de edad, a finales de agosto, Valente Arellano había sumado 173 novilladas y ya había indultado cinco novillos, en Guadalajara, Monterrey, Tijuana y otros dos más en otras tantas ciudades.

En la plaza México toreó cinco tardes, cortó 9 orejas, un rabo a novillo de Felipe González alternando ese día con Ernesto Bélmont y Manolo Mejía. Ese día se armó la gran bronca porque solamente le otorgaron el rabo y no las orejas, pero era lo que estaba reglamentado.

Valente Arellano tomó la alternativa en Monterrey de manos de Eloy Cavazos y como testigo Miguel Espinosa "Armillita", cortando una oreja a su segundo enemigo.

De matador solamente alcanzó a torear 9 corridas: dos tardes en Tijuana, una en San Juan del Río, Celaya y otras plazas, pero la última corrida fue en Matamoros, en mano a mano con Ernesto Bélmont, con toros de Santa Marta y cortó dos orejas. Fue el 28 de julio de 1984 y Valente murió en la madrugada del 4 de agosto de ese año.

Todos saben que Valente perdió la vida en un accidente conduciendo una motocicleta.

Se le lloró al diestro lagunero y se le extraña, pues además de ser un gran torero con pasta de ídolo, tenía visos de que iba a ser el revolucionario del toreo, aunque sí lo revolucionó en el tiempo que vistió el terno de luces.



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