31 mayo 2011

San Isidro: cuatro mexicanos... ni una vuelta al ruedo

30 de Mayo de 2011.

Lunes, 30 de mayo de 2011
TAUROMAQUIA 

San Isidro: cuatro mexicanos... ni una vuelta al ruedo

ALCALINO
La vuelta pudo y debió darla Sergio Flores, a quien un presidente intransigente y arbitrario le había negado la oreja de “Farolero”, coloradito brioso y repetidor de Montealto con el que se fajó de verdad, quieto y mandón, en largas series en redondo y al natural en los medios, algo rápidas –el novillo embestía con fuerza– pero sin la menor duda. La formidable estocada avalaba de sobra el premio, pero el del palco permaneció impasible mientras los madrileños agitaban millares de pañuelos: tras la aclamada salida al tercio del de Tlaxcala, escucharía el juez una de las silbatinas más densas y prolongadas de la feria.
Con el quinto, nuestro paisano –que no desperdició quite ni dejó tecla sin tocar ni desafinó en momento alguno– volvió a estar muy por encima de su adversario, un “Chileno” listón, geniudo y reservón que no dio una sola embestida buena, y al que aguantó, embarcó y toreó, por alto y por bajo, como si fuese de carril, aunque con intermitencias obligadas por los constantes parones del de Montealto. Imposibilitado de redondear faena lucida, puso al público de pie con otro estoconazo hasta la bola, que desató nueva ovación y saludo desde el tercio.
Sin discusión, la tarde fue del mexicano, segundo de una terna internacional en que una novillada mansa y sin celo haría estériles los esfuerzos del francés Thomas Duffau –salió al tercio tras la muerte del cuarto por su seco valor– y el madrileño Alberto López Simón, más fácil en el toreo de rodillas que en el de parar, templar y mandar.
Muy bien Joselito Adame
Por fin, el miércoles 25, confirmó en Las Ventas el aguascalentense Joselito Adame –en 2008 estuvo anunciado pero una hepatitis lo hizo desistir–. Y su actuación en la corrida de la Prensa ha resultado esperanzadora.
Si firme y torero estuvo con “Escribano”, el de la ceremonia (número 79 con 529 kilos, negro, alto, levantado de púas, al que trasteó en los medios corriendo la mano en series algo rápidas, a tono con la encastada embestida del burel, antes de dibujar entregado volapié y saludar desde el tercio), con el cierraplaza “Guitarra” (que pesó 572 y casi tapaba con su morrillo y su levantada testa aquella menuda figura de burdeos y oro), se superó en todo sentido. El animal había manseado en los dos primeros tercios, entre picotazos en huida, sustos del peonaje y amagos de saltar al callejón, y sin embargo, el mexicano, que lo brindó a sus padres, se plantó desde el principio sin una sola duda y, de las tablas a los medios, trazó con él una faena templada y mandona por ambos pitones, aguantando frenazos –dos de ellos los resolvió pasándose la mole aquella por la espalda como si fuese la cosa más sencilla del mundo– y dejando un regusto a toreo verdad que la plaza pareció no percibir del todo, según se desprende de la tibia ovación final. Y es que, en San Isidro y al cabo de tantas corridas sin parar, el público anda ya como atorado y sin querer saber más del tema.
Esa tarde, Sebastián Castella le cortó la única oreja a un gran toro de Alcurrucén, “Arrestado” de nombre, que tuvo arrestos para dar y prestar, obligando al francés a mantenerse muy alerta para no ser desbordado por las enrazadas acometidas del precioso negro lombardo de los Lozano. La faena, por tanto, fue más un derroche de técnica que de inspiración, y el premio, tras 62 pases de indudable valor y mando, pero no precisamente lentos ni saboreados, y el volapié fulminante, se redujo a un apéndice, pasaporte para la obtención de la oreja de oro en disputa, que le entregaría el rey Juan Carlos I, hasta cuya barrera se acercaron los tres alternantes para brindarle el primer toro de cada lote. El otro espada, Miguel Ángel Perera, remató su feria tal como la empezara: ante dos mansos de libro y la hostil indiferencia de un respetable no siempre respetuoso con el extremeño, cuya voluntad fue patente, aunque perdiera los papeles al matar.
Habla Garibay y repite Saldívar
La semana empezó con la afición española comentando el gesto de Ignacio Garibay, que con el muslo horadado por un marrajo de Partido de Resina –672 kilos, el más pesado de la feria– permaneció en el ruedo hasta darle muerte. Y desde su cama de hospital, ha declarado al respecto con ejemplar mesura, manifestando la esperanza de que su actitud y la torería derrochada por los demás paisanos anunciados en este San Isidro sirva para sensibilizar al empresariado peninsular, tradicionalmente reacio a contar con espadas mexicanos.
Lo que nadie esperaba era la repetición de Arturo Saldívar. Le había salvado los muebles a la empresa la turbulenta tarde de su confirmación –recordemos que los de Núñez del Cuvillo, impresentable alguno de ellos, irritaron sobremanera al cónclave venteño, que nada quiso saber de Morante ni Talavante, pero no pudo dejar de reconocer la férrea disposición y hondura de trazo del mexicano, que a punto estuvo de arrancar alguna oreja– pero en realidad nadie apostaba por él como sustituto del herido Curro Díaz, y sin embargo apareció colgado del cartel del pasado viernes, para alternar con El Cid y El Fandi.
Por desgracia, le tocó lo peor de una fea y descastada corrida de Las Ramblas, remendada con dos de José Vázquez, que darían lugar entre unos y otros a una sucesión de devoluciones por debilidad manifiesta, de modo que solamente el de Aguascalientes contendió con un lote de la divisa titular. Pero ni “Apuntador” (523) ni “Imputado” (608), colorados ambos y tan malo el flacucho como el grandulón, se prestaron a nada.
Dejó Arturo constancia de sus deseos de ser, no dio un paso atrás ni puede decirse que haya defraudado a nadie, pero ante embestidas tan  irregulares poco había que hacer. El público lo reconoció y estuvo cariñoso: gran ovación y salida al tercio en el primero, y silencio tras varios pinchazos que afearon su voluntariosa faena al altísimo cierraplaza.
Poca cosa
Por lo demás, la feria vivió en la semana un severo anticlímax respecto de la anterior, en que se habían cortado 10 orejas y tres veces se abrió la puerta grande. Ahora, solamente Castella y el rejoneador Leonardo Hernández tocaron pelo, mientras se estrellaban todos los demás en las dificultades de un ganado desigual de presencia pero parejo en debilidad, descastamiento y mansedumbre, excepto por “Arrestado” y “Gracioso”, un torito ligero, noble y repetidor de El Cortijillo que debió irse sin apéndices al destazadero; pero Morenito de Aranda, que había aprovechado a ratos su excelente pitón zurdo, tardó en pasaportarlo. Todo lo demás supo a frustración, pese a que partieran plaza toreros como Juan Mora, Manzanares, Cayetano y Diego Urdiales. Solamente El Cid, con dos toritos de alfeñique de tan pastueños, pudo esbozar el viernes su buen juego de muleta.
Diego, última carta
La participación mexicana la cierra hoy Diego Silveti. Alternará con Víctor Barrio y Rafael Cerro y los novillos proceden de El Ventorrillo, la ganadería que mandó a “Cervato”, el toro de la feria hasta el momento. Ojalá pueda Diego repetir su salida en hombros de la plaza de Cáceres, el pasado viernes.

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