01 marzo 2013

A R R A S T R E L E N T O


28 DE FEBRERO DEL 2013
  • Por José Caro

AL RENOVARSE SUS TOREROS Y AFICIÓN, AGUASCALIENTES ES EJEMPLO RECONCILIADOR DE LO ANTIGUO CON LO NUEVO

A la plaza de toros San Marcos, aún estando vacía de espectadores, se la mira con aires de admiración. Y tal pareciera que, con los ojos sorprendidos, la visión fuera de una novedad. ¡Cuántos espíritus se han tranquilizado en su serena quietud!

Lo cierto es que a la antañona plaza hay que mirarla con ojos espirituales pues, sólo con ellos, se puede  contemplar la silenciosa humildad del coso que, a pesar de sus vetustos adobes, luce renovado. Descartadas las ruinosas ráfagas de sus aires viejos, los labios de los espectadores y aficionados, estando en ella, entonan cantos nuevos.

Pero la belleza de la plaza, contemplada en su manifiesta simplicidad arquitectónica, y sin disolver el sentido histórico de su durabilidad, aumenta su dimensión cuando se llena no sólo de  espectadores y curiosos, sino de aficionados que entienden la razón de la circularidad de la estructura física que, como aliento gozoso, eleva los espíritus toreros.

Atiborrada como se ha visto en las dos novilladas que han precedido a la del domingo próximo –la que presumiblemente tendrá un auditorio a punto de tumulto-, el circo taurómaco ofrece el placentero espectáculo de la novedad.
Lo cierto es que lo antiguo –la plaza-, y lo nuevo –la impresión-, no son simples banderas coloreadas por los partidarios de la devoción taurina: son realidades cromáticas pues a la versión matizada de lo “viejo” solamente lo nuevo lo puede reconstituir y proyectar hacia un futuro indeclinable.

Y eso es el verdadero alboroto que se experimenta en el medio: la cantidad tan extraordinaria de espectadores “nuevos”, entusiastas  y alborotados que, dejándose subyugar por las emociones estéticas y dramáticas del ritual festivo, sutilmente se inscriben en el apartado de aficionados. Así las cosas, se puede hablar, y ponderar, de la creación –¿renovación?- de una clientela nueva, de aficionados nuevos, de un cúmulo de asistentes al coso que, ejerciendo un sano rompimiento innovador, aún trae tras de sí –respetándola- la polvareda de la tradición.

Ahí está el triunfo torero de Aguascalientes. Ahí está su riqueza. En su capacidad para darle a lo viejo el sentido trascendental de lo nuevo. Semejante orgullo es, según las apariencias, privativo de Aguascalientes: aquí la doctrina taurina, nacida del trueno de la historia, tiene los efectos de la explosiva innovación. Aquí el toreo parece que siempre huele a novedad; y la feligresía sin vacilación se adscribe, asumiéndola, a la teoría de una nueva “fe”. Cree en el toreo; cree en los toros; y cree en los toreros.

Decir que Aguascalientes es una entidad torera no es una simple y vulgar definición ingeniosa. Aguascalientes es torera por naturaleza.  De ahí que sea de suma facilidad que el aficionado de aquí con prisa pueda reconciliar –ejercicio intuitivo- lo antiguo con lo nuevo.

¡Ojo! No por tan virtuosa condición renovadora de la afición de Aguascalientes se argumente que sea sano atreverse a ignorar el sentido peligrosamente desorientador de que lo nuevo no hereda vicios y mal formaciones.  El triunfo progresivo de Aguascalientes, gloriosa época de su propia innovación, paralelamente debe sujetarse a los tratados de la más clásica pureza torera.

arrastrelento@gmail.com

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