Ya no está quedando nada de
aquello que movía a un chaval a correr la legua.
Véase andar incansable día y noche,
por todos los caminos y veredas buscando al toro, pitones para ponerles la
barriga y sentir lo que se siente cuando te lo pasas y te quedas quieto y ahí viene
otra vez y aguántalo, en esos pueblos de Dios y las plazas de toros, de trancas,
muy antiguas, monumentales sintiéndote torero; cuando las calles te veían pasar
partiendo plaza, seguro de la vida que te regala un don que solo los
privilegiados reciben, el de torear.
De eso de lo que se hacían
los toreros, vestidos de héroes ante la multitud, ganando aplausos y con ellos
la admiración y el respeto en pleno uso de su libertad de ser distintos, aunque la vida cueste.
De eso, ese romanticismo es el que se agota.
O.M
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