29 junio 2011

LECTURAS: Los esnobs

28 de Junio de 2011.
25.06.2011


  • Domingo Delgado de la Cámara

Esnob (Del ingl. snob): Persona que imita con afectación las maneras, opiniones, etc., de aquellos a quienes considera distinguidos. U. t. c. adj.  (del Diccionario de la Real Academia Española).

La clásica diferencia entre aficionados y público en general ya no es válida. Hoy en día casi no quedan ya aficionados, ni tampoco público municipal y sencillo. Ahora todo lo ocupan los esnobs. Estamos asistiendo a la invasión de los esnobs. Antes, el aficionado era el espectador de calidad que conocía el intríngulis del espectáculo taurino. El público en general, por su parte, era una masa de personas ingenuas y apasionadas que aplaudían incansables al torero.

La salud de la fiesta se basaba en el equilibrio entre ambos bandos. La masa, con su virginidad mental, aupaba al torero y lo hacía triunfar. Los aficionados, con su sabiduría y exigencia, eran el freno para que las cosas no se desmadrasen. En la tensión entre ambos bandos, se basaba la salud del espectáculo. El aplauso de la masa garantizaba los triunfos; la crítica del aficionado salvaguardaba la esencia de la fiesta.

La masa siempre ha sido partidaria de los toreros valientes y arrojados. Los aficionados, más críticos, tomaban partido por los toreros poderosos y de buena técnica. La masa quedaba deslumbrada por los heterodoxos; los ortodoxos contaban con el apoyo de los aficionados. La masa hizo de Juan Belmonte, Manolete y El Cordobés auténticos dioses en vida. Por su parte, los aficionados del tiempo de Belmonte se decantaban por Joselito; los del tiempo de Manolete admiraban a Pepe Luis Vázquez. Y los del tiempo del Cordobés se inclinaban por Antonio Ordóñez.

Hubo excepciones, claro, y alguna de ellas muy señalada. Pero en general los aficionados siempre se decantaron por los toreros clásicos y ortodoxos.  Generalmente los aficionados se dieron cuenta de las aportaciones de los heterodoxos a toro pasado. Así fue siempre: una masa propiciando apoteosis y unos aficionados poniendo las cosas en su sitio… Y la fiesta estaba sana, con una salud basada en la interacción de ambos bandos.

Nada de esto existe ya. A partir de los años setenta y como consecuencia del muy profundo cambio de costumbres vivido por la sociedad española, la clásica distinción entre aficionados y público dejó de existir. Después de un intenso lavado de cerebro por parte de los medios de comunicación, de la televisión sobre todo, la masa abandonó las plazas de toros y se refugió en los campos de fútbol. El espectador sencillo, ingenuo y apasionado con los arrebatos de valor de los toreros, prácticamente desapareció. Y prácticamente, también, han desparecido los buenos aficionados. Se murieron y no tuvieron sustitutos. Los años setenta fueron años de plazas vacías y cuando volvieron a llenarse por los años ochenta, fueron unos espectadores nuevos quienes las llenaron: los esnobs.

Estamos en la era de los esnobs y ya se han sucedido dos generaciones de espectadores esnob. La primera generación  apareció en los tendidos de las plazas en los primeros años ochenta con la reaparición de Antoñete y el triunfo arrollador del Partido Socialista. Se trataba de gentes que durante los setenta habían sido muy progres y antituarinos. Descubrieron la fiesta de los toros exactamente en el mismo momento en que descubrían los trajes de alpaca y los restaurantes de cinco tenedores. Y se puso de moda entre la gente guay presumir de que sabía de toros.

Pero como no tenían ni idea, se metieron con calzador las crónicas que escribía Joaquín Vidal en El País. Y de ahí viene toda la sarta de sandeces y desatinos que se han oído en las plazas de toros en los últimos años. La contradicción insuperable entre el torismo de salón y el aprecio por Curro Romero y Rafael de Paula, tiene su origen aquí. La contradicción consiste en clamar por el toro más duro a la vez que se menosprecia a los toreros que son capaces de someterlo y matarlo dignamente; y, al mismo tiempo, poner los ojos en blanco con Curro y Paula, toreros incapaces de enfrentarse al toro que el torismo pregona. El absurdo total porque, además, se hicieron partidarios de Curro y Paula precisamente en el momento en que ya no podían hacer sus faenas geniales.

Esta primera generación de esnobs fue también muy partidaria de José Miguel Arroyo. Ya saben: alguien dijo que era muy puro, y todos quisieron presumir de exquisitos catadores y degustadores de la pureza. Pero todo esto no fue nada en comparación con el paso arrollador de la segunda generación de esnobs: la de la histeria por José Tomás.

Con este comentario sobre los esnobs no pretendo hacer una crítica del torero de Galapagar, a quien valoro en su justa medida (ni tampoco, claro, de los citados antes, a los que he admirado y admiro profundamente). Sé muy bien que entre los partidarios de José Tomás hay grandes aficionados conmovidos por esa combinación de clase y arrojo, que han hecho del de Galapagar un torero de gran interés. Pero son una minoría. La mayoría de los seguidores de José Tomás son una pandilla de esnobs que hace cinco años no habían visto una corrida de toros, y que, desde luego, el toreo de José Tomás en el fondo les importa un comino.

José Tomás es una excusa para fardar de poderío económico en el tendido y para presumir de que saben de lo que no saben. Es el torero de moda, banderín de enganche de un montón de horteras que quieren presumir de entendidos y refinados, incluyendo en el grupo a un puñado de presuntos artistas e intelectuales, cuya obra es de una total mediocridad, comparada con la obra de los artistas e intelectuales que rodearon a Juan Belmonte o a Domingo Ortega.  Tengo la impresión de que a José Tomás se le ha venido encima una movida que ni esperaba ni deseaba.

El esnobismo en el toreo lo veo íntimamente ligado al concepto sociológico de clase media. En la actualidad nadie quiere admitir que se es modesto. Nadie siente que pertenece a lo que se llamó la clase popular o trabajadora. Todos se apuntan a la clase media en un momento histórico en el que, precisamente, dicha clase se está desmantelando, mientras surge un nuevo proletariado con estudios universitarios. Así que, al igual que nadie admite que es humilde o de clase obrera, todo el mundo pretende presumir de cultura y gustos refinados, aun cuando no los tenga.

Y este es el caldo de cultivo de los esnobs. Aquél público ingenuo al que deslumbraban los desplantes valerosos, ya no existe.  Ha sido reemplazado por una panda de melindres embaucados por el timo de la nueva cocina, que siguen las tendencias de los Semanarios estúpidos de los grandes periódicos, y que poseen un Audi, la nueva marca talismán de los idólatras de la presunción. Presumen de cultura y dinero, pero la realidad es que son víctimas de la LOGSE, que en sus cuentas predomina el color rojo y que hay  facturas sin pagar… José Tomás pasaba por allí y lo hicieron su ídolo. ¡Vaya por Dios!  Al igual que José y Juan fueron los toreros por excelencia de la época de Alfonso XIII, Manolete y El Cordobés fueron los dos grandes mitos del franquismo, a José Tomás le ha caído encima el dudoso honor de ser el torero de la era de Zapatero. Ya es mala suerte.

Pero ¿cómo son estos esnobs de ahora? Hagamos su retrato robot: es un varón (las señoras van a los toros a disfrutar del ambiente festivo y aplaudir a los toreros, que son muy valientes, muy guapos y muy buenos mozos,  y hacen muy bien). Es, pues, un varón y de mediana edad. Los esnobs de la primera generación ya peinan canas, están jubilados, algo han aprendido en el trasiego de estos años y ahora se muestran prudentes y silenciosos. El esnob de la segunda generación, por el contrario, se muestra agresivo y contundente. Arrolla a quien discrepa de él. Su ignorancia es atrevida. Dice que José Tomás es el mejor torero de la historia y se queda tan fresco (por supuesto, esta opinión es perfectamente admisible, pero quien sabe algo de esto tiene claro que José Tomás no supera en importancia histórica a Joselito, Belmonte, Manolete, El Cordobés, Ordóñez…)

El esnob es maniqueo: solo existe su torero, y el resto no vale un duro. Es sectario y excluyente, desprecia cuanto ignora. Y aunque presume de aficionado antiguo y de haberlo visto todo, en realidad acaba de llegar…

Pues en este tinglado nos conocemos todos, aunque solo sea de vista. Son muchos años de cruzarse con las mismas caras. Yo llevo más de treinta años viendo los rostros de los habituales de Madrid, Sevilla, Bilbao. Por eso sé muy bien que todos estos individuos acaban de llegar. Y en principio no es nada negativo acabar de llegar, ser un recién llegado. Pero a ellos no les gusta. Les encanta presumir de haber ido a los toros desde niños, pero en cuanto se cruzan dos palabras con ellos, se da uno cuenta de que no es verdad. Quien ha ido a los toros de la mano de sus mayores luciendo pantalón corto, no osa decir ciertas gilipolleces…

Y también esta es una de las razones por las que últimamente es imposible que surjan toreros auténticamente revolucionarios y heterodoxos. No tienen público. Lo que abunda en el tendido son cursis que reclaman una pureza que desconocen. También son malos tiempos para los toreros de poderío, porque el esnob, al no conocer al toro, no valora lo meritorio que se hace delante de él. De ahí la soledad de El Juli.

Al esnob todo le entra por los ojos, por eso esta época es la edad de oro de los toreros manieristas. Y aquí está también la razón de que la plaza de Madrid se haya hecho insoportable, y no solo por el torismo desfasado del tendido Siete, sino además por esa masa de nuevos espectadores que no admiran el poderío ni la personalidad, sino solo el arte rococó.  Caldo de cultivo de la crisis de valores de la fiesta, reflejo de la crisis de valores de la sociedad. Se critica a los toros y a los toreros  ahora que hay toros y toreros excelentes, y no se dice nada del público actual, último responsable de la degradación de la fiesta. Y no hay perspectivas de arreglo, porque no existen mecanismos para formar una buena nueva afición.

Sé de uno que se “exilió” al tendido Cinco de Las Ventas porque, sentarse en sus tendidos clásicos, se había convertido en un auténtico suplicio. Siempre es mejor estar rodeado de guiris que de esnobs que te radian la corrida. 

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