16 diciembre 2015

LECTURA: Los valores de la Fiesta / Los nuevos aficionados

Los nuevos aficionados
Emiliano en su debut taurino con El Zotoluco 

 
Los valores de la Fiesta

  • Por José Antonio Ceballos Rivas 

A las nueve de la mañana del último domingo, Emiliano conoció la Plaza Mérida. Recorrimos el ruedo, inspeccionó los burladeros y miró hacia los tendidos coloridos y vacíos. Dentro de unas horas –le dije— habrán de estar llenos de aficionados a la más bella de todas las fiestas: la Fiesta Brava.
Del ruedo pasamos los corrales para ver los toros. Emiliano vio, por primera vez en su vida, a un toro de lidia. Después me comentaría: “Ese toro —me señaló al castaño— me vio a mí”. Qué bueno, pensé para mis adentros, que “su primer toro”, lo haya sido de verdad. Y eso porque ya está dando frutos la labor concienzuda y responsable, difícil e incansable del Juez de Plaza, las autoridades taurinas y municipales, y debido también a la respuesta de los empresarios que se afanan ahora en traer encierros dignos y en regla. El análisis post-mortem del encierro de San Miguel de Mimiahuapam habría de confirnar que, más allá de sus características durante la lidia, lo que Emiliano vio fueron verdaderos toros, con edad, pitones y trapío.
Antes de retirarnos del coso de Reforma, Emiliano saludó a Henry, el guardaplaza, quien poco más tarde recibiría con su familia —Abán Cetina, incluído su fallecido padre Carlos—, un merecido reconocimiento por resguardar la plaza de toros durante ya más de 60 años. Henry, amablemente, le contó cuando fue corneado en los corrales por un toro. Cornada que le expuso los intestinos y de la cual, dos años después, aún convalece en cierta medida. “¿Te dolió?”, le preguntó Emiliano. “Sólo un poco”, le contestó Henry.
Cuando días antes hablé con Emiliano de ir a la corrida, me hizo un sinfín de preguntas. Que si matan al toro, que si pueden lastimar al torero, que si esto, que si aquello. A casi todo le respondí que sí. Que sí lo matan, pero que también matan al toro del que obtienen la carne para las hamburguesas que tanto le gustan. También le hice notar que la pequeña diferencia es que “al toro de la hamburguesa” lo matan con un toque eléctrico, en el más completo anonimato, sin oportunidad de pelear por nada, con la mitad de la edad y sin que nadie lo vea ni proteste por ello. También le respondí que sí, que sí pueden lastimar al torero, pero que el toreo es una vocación tan fuerte y casi sublime que apuesta por el arte, el dominio del miedo y la gloria y que a esos seres humanos, los toreros, les resulta poco precio y están dispuestos a pagarlo, incluso con la muerte, porque para ellos eso es precisamente la vida: ser toreros y torear. Y así con las demás preguntas. Sí, sí. sí…y le expliqué también, por qué no hay mejor metáfora de la vida, que la fiesta brava.
Horas más tarde y mientras caminábamos hacia la plaza le conté que durante el encajonamiento el toro castaño “que lo había mirado a él”, le pegó una cornada a la vaquilla que estaba en el corral y la mató. Luego entramos por el patio de cuadrillas y ahí fue testigo de ese pequeño y maravilloso mundo que se despierta, se acicala y se convulsiona justo antes del inicio de la corrida: el alguacilillo y los picadores montando ya sus cabalgaduras, los subalternos tragando nervios mientras se estiran los músculos, los fotógrafos alistando sus cámaras, los periodistas preparando su libro de notas, la gente del toro, empresarios, médicos y demás, saludando y deseando lo mejor.
Pocos minutos antes del paseíllo, “El Zotoluco” accede a tomarse una foto con Emiliano. Suerte a todos y subimos a nuestra localidad. Y desde ahí, Emiliano, por vez primera, vio abrirse la puerta de toriles y ser testigo de una corrida.
Una plaza casi llena, seis astados muy bien presentados, dos toreros con tauromaquias distintas, uno en la recta final de su carrera y otro en el mejor momento de la suya, mansedumbre y bravura, buen toreo con el capote, tumbos en el tercio de varas, grandes banderillas, trasteos sin lucimiento, grandes sustos, riesgo de cornada y gran faena con corte de oreja.
Y mientras de pie Emiliano aplaude a Joselito Adame en su vuelta triunfal al ruedo, un niño más pequeño aún, con un terno azul y oro, recorre también el anillo de la mano del matador sosteniendo en la otra la oreja ganada a ley por Joselito. El matador sonriendo y el pequeño con la oreja en alto, serio, sin bajar nunca la mano, como diciendo: ya estamos aquí nosotros, Emiliano y yo, la nueva generación, los que queremos que el toro bravo, los toreros y la fiesta brava, permanezcan para siempre.
Médico, escritor, compositor y aficionado
jacer50@hotmail.com
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